El 1 de Mayo entre la historia y el futuro

El 1 de Mayo entre la historia y el futuro

Iñaki Gil de San Vicente para El Hurón.- Si bien la corrupcción estructural que caracteriza al Estado español y a su economía ha vuelto a quedar al descubierto con la detención de Rodrigo Rato, que analizaremos en otro escrito, y en varios episodios recientes, ahora mismo queremos comentar algo básico sobre la corrupción en el sindicalismo reformista. Una de las razones que explicarán la debillidad de las manifestaciones y actos del sindicalismo reformista el próximo día 1 de mayo será la indiferencia por la corrupción sindical.

No hace mucho, hemos sabido que un histórico militante sindicalista asturiano, con altos cargos de responsabilidad en UGT, fue descubierto cuando intentaba lavar y legalizar más de un millón de euros que había acumulado mediante trampas, robos y chanchullos. Es difícil descubrir casos tan flagrantes de corrupción sindical como el ahora analizado porque son escasos, o eso deseamos…

El problema de la podredumbre en el sindicalismo reformista es, sin embargo, más grave, mucho más grave porque se desarrolla de manera normalizada, hasta legalizada, e imperceptible a simple vista. Solamente cuando se adquiere experiencia sindical práctica y cuando ésta es reforzada por estudios teóricos e históricos sobre el caso, solo entonces se adquiere conciencia de la densa y pagajosa red de corruptelas, privilegios, ventajas y beneficios que caracterizan al sindicalismo reformista, el que no es sino un lubricante muy ductil y fino de la mecánica de compra-venta de la fuerza de trabajo por la burguesía.

El sindicalismo que bajo la dictadura fue de lucha a la fuerza porque ya tenía una ideología interclasista, pasó a la «normalidad democrática» en muy poco tiempo. Un ejemplo fulminante lo tenemos en los demoledores Pactos de la Moncloa de octubre de 1977 que significaron la muerte del sindicalismo consecuente y del movimiento obrero con conciencia de serlo. A partir de esa fecha, se aceleró el desplome al «realismo sindical», claudicante, excepto muy contadas huelgas generales que nunca tuvieron como objetivo avanzar hacia la destrucción del sistema sociopolítico vigente, heredado del franquismo.

Fueron purgados y expulsados de las estructuras sindicales decenas de secciones sindicales críticas, ramas enteras de afiliados y delegados combativos que se enfrentaron al tsunami reformista; y su lugar fue ocupado por nuevos miembros sin apenas conciencia, que no se habían arriesgado apenas en la lucha sindical bajo el franquismo y mucho menos en la lucha clandestina político-sindical, carentes de la mínima formación política e intelectual, y obedientes al aparato, muy obedientes.

Hablamos del sindicalismo corporativo, amarillo, reformista, exclusivamente orientado a mediar entre los obreros y los empresarios según criterios de cooperación y colaboración de clase más que de enfrentamiento y lucha, y mucho menos de lucha de clases destinada a acabar con el sistema de explotación salarial. Este sindicalismo asume como principio que su función es la defensa de salarios y condiciones de trabajo mediante la negociación según las leyes existentes y sus cauces legales. Nunca forzándolos para ir más allá, a excepción de algunas huelgas a las que no tienen más remedio que sumarse para no quedar definitivamente descolgados de la dinámica social.

Sus delegados, afiliados y simpatizantes son formados en estos criterios, actúan en conformidad con ellos. En situaciones de «normalidad social», cuando la lucha de clases no ha entrado en una fase aguda y cuando la economía permite ciertas concesiones, el sindicalismo reformista está en su momento de gloria: puede presionar y obtener algunas victorias. Pero a la vez, los delegados van entrando en la red de araña que envuelve la compleja dinámica negociadora, el enmarañado sistema legal y el permanente contacto con la administración de la empresa.

Va surgiendo una casta sindical en proceso más o menos rápido de burocratización anquilosada y alejada de la realidad laboral diaria, cada vez más distanciada de las vivencias de las y los compañeros de trabajo, sobre todo de las mujeres, juventud precarizada y migrantes, que son los sectores más explotados, por no hablar de la llamada «economía sumergida» en donde reina sin tapujos la dictadura patronal. Se forma una gerontocracia burocratizada monopolizadora del saber legal, de los contactos y relaciones con la abogacía laboral, y entrampada en una forma de vida cómoda y estable, segura.

La patronal no es idiota. Sabe que la ideología reformista sindical crea en la mente de sus delegados una personalidad «democrática», «dialogante», comprometida con «los intereses colectivos» de la empresa. Sabe que muchos delegados no rechazan comidas pagasa por la empresa en restaurantes de medio lujo después de las reuniones, no rechazan ciertas prevendas y diferencias de trato diario en comparación con los demás trabajadores, nimiedades cotidianas que mejoran su vida y la hacen menos dura.

Paulatinamente van limándose las ásperas aristas que impiden el «clima normal» necesario para las buenas negociaciones. Aparecen los «favores» de los que nadie se entera, excepto el patrón y el delegado, el que los concede y el que los acepta. Pero todo «favor personal» es una deuda sindical y política, y sobre todo es una derrota en la conciencia del delagado reformista.

Junto a esto, el sindicalismo reformista ha abandonado todo programa sistemático de concienciación sociopolítica de sus miembros, limitandose a la estrictamente necesaria «formación técnica» en la acción sindical de «negociación y concertación». Tras varios años de inserción en esta mecánica legalista y mentalmente sumisa, el delegado termina aceptando o al menos no oponiéndose de ningún modo a la «normalidad».

Lo peor viene cuando estalla la crisis económica, cuando se esfuman en la nada las ilusiones de la «unidad de intereses», de la «armonía social» y el empresariado, la clase burguesa y su Estado aparecen al desnudo tal cual son en la realidad. Entonces el sindicalismo reformista muestra su podredimbre, esa corrupción moral y rastrera asentada en infinidad de corruptelas y chanchullos más o menos nimios, cotidianos, diarios incluso, que sin grandes «traiciones a su clase» y sin obstentaciones de suntuosidad consumista, ha ido pudriendo desde dentro cualquier atisbo de dignidad.

Las crisis desatan lo más inmoral y egoista de la apenas invisible mentalidad corrupta del reformismo sindical, porque es en ellas cuando los delegados de una empresa no dudan en sacrificar a algunos o a muchos, incluso a todos, de sus antiguos «compañeros», aunque, lógicamente y por eso del «qué dirán» presiona para que se cierren otras empresas «salvando la suya» a costa de los «sacrificios salariales de todos», excepto de la patronal.

¿Nos sorprende entonces que cada vez menos obreros acudan a las manifestaciones y actos organizados por el sindicalismo reformista, mientras que aumenta la asistencia a las jornadas de lucha del 1º de Mayo organizadas por los sindicatos sociopolíticos, en especial lo que lucha por la liberación nacional de clase y antipatriarcal de sus pueblos y que atraen a la mayoría de la juventud obrera?

EL 1 DE MAYO ENTRE LA HISTORIA Y EL FUTURO

Desde finales del siglo XX, el capital está intentado reinstaurar formas de explotación de finales del s. XVIII y primera mitad del XIX. Sólo se lo impide la lucha obrera y popular a pesar de las derrotas sufridas. La ofensiva del capital es tanto más desesperada cuanto que no se atisba una sólida y prolongada tendencia al alza de los beneficios sino, a lo sumo, un largo estancamiento con repuntes tibios y cortos localizados en áreas muy restringidas del capitalismo mundializado. Crece en ferocidad en la medida en que se agotan los recursos naturales y energéticos, se agrava la crisis socioecológica y el calentamiento global provoca catástrofes socionaturales, y llega al paroxismo militarista cuando asiste impotente a las coordinaciones de los pueblos que se niegan a cumplir las directrices de un imperialismo que opta por el caos mundial para mantener su poder.

En este contexto de larga duración el sindicalismo revolucionario, sociopolítico, debe aprovechar la conmemoración del 1 de mayo para masificar la reflexión obrera y popular sobre al menos tres cuestiones que han cobrado decisiva trascendencia en la lucha por el socialismo y contra el capitalismo mundializado. Una y la más inmediata y urgente es parar en seco la ofensiva antiobrera y recuperar todo lo arrebatado; otra es fortalecer la alianza estrecha entre el sindicalismo sociopolítico, los movimientos populares y sociales, y las organizaciones revolucionarias para extender la lucha de clases a todas las realidades del país; y la última es recuperar la noción de urgencia del socialismo, es decir, de acabar con el sistema salarial. Existen otras muchas deficiencias de urgente solución como el desempleo, la precarización, el corporativismo sectario de las franjas obreras menos golpeadas, la multidivisión de la clase, el derechismo racista, el machismo, el miedo y la pasividad, la separación entre tiempo de trabajo y tiempo de vida, etc.

Las deficiencias, vacíos y errores son muchos, complejos e interrelacionados pero bien mirados nos remiten a los tres citados arriba, que a su vez se sintetizan en la necesidad de tomar conciencia de los dos niveles de la lucha de clases: el de las lecciones básicas que se extraen de su historia, y el de su actualización en el presente y cara al futuro. Sobre lo primero hay que decir que es vital para las naciones trabajadoras que se enfrentan al imperialismo, que descubran y actualicen los lazos de solidaridad y ayuda internacional que los y las oprimidas han practicado desde siempre.

La primera referencia escrita disponible aunque expresada en forma de mito politeísta, sobre la lucha de clases aparece hace alrededor de 5000 años en Mesopotamia, en la Epopeya de Gilgamesh y sobre todo en El poema del muy sabio Atharasis en el que se narra la lucha entre los igigi, cansados de la sobreexplotación agotadora, y los anunnaki, que vivían sin trabajar, apropiándose de los bienes producidos por los campesinos agigi. Como los agigi rechazaron una y otra vez las ofertas reformistas de los anunnaki, que sólo prometían algunas concesiones para que todo siguiera igual, al final esta enana clase dominante decidió exterminar a los agigi nada menos que con el Diluvio Universal: tras la masacre, los dioses anunnaki crearon a los hombres, esclavos serviles, sumisos y crédulos para que trabajasen para ellos por toda la eternidad.

Desde entonces, el mito del Diluvio Universal como castigo definitivo ante la rebelión de los y las explotadas pasó a las religiones de la zona, y luego al judaísmo, cristianismo e islamismo, y de aquí al mundo entero. En el Egipto de hace 4200 y 3200 años se libraron feroces luchas de clases unidas a las de los pueblos oprimidos. La Biblia narra la destrucción con fuego y azufre caído del cielo de Gomorra y Sodoma en cuanto «ciudades pecadoras», es decir libres y rebeldes. Diluvio, azufre y fuego eran parte del arsenal represivo simbólico de las clases dominantes, unidas a sus armas materiales. El imperialismo dispone de un poder exterminador cualitativamente superior al de hace cinco milenios lo que demuestra que la lucha de clase nunca ha desaparecido del todo sino que siempre ha resurgido con más fuerza obligando a las clases explotadoras a endurecer y ampliar sus crímenes multiplicando sus fuerzas destructivas. Esta lección histórica es una actualidad sociopolítica decisiva, como veremos luego.

La tendencia a la ampliación incontrolada de las fuerzas destructivas responde, en síntesis, a la agudización de las contradicciones irreconciliables que minan todo modo de producción basado en la propiedad privada de las fuerzas productivas, como se aprecia en las fuerzas tectónicas que desde su interior llegan a expresarse en las rebeliones en la Roma republicana e imperial; las sublevaciones en la China desde el siglo II, en la Europa del XIII; las resistencias innumerables de los pueblos americanos desde finales del XV, el quilombo brasileño de finales del XVII y la sublevación de los zendales mexicanos de comienzos del XVIII; las revueltas en la Rusia del XVIII; la dirigida por Túpac Amaru a finales del XVIII; la sublevación india de mediados del XIX y poco después de los maoríes, la rebelión sudanesa y coreana de finales del XIX, y por no alargarnos, la tenaz resistencia de los herero y namaqua hasta que fueron aplastados por el genocidio alemán a comienzos del XX en lo que ahora es Namibia.

Hemos citado una parte infinitesimal, una diminuta partícula en el Cosmos de la dignidad humana insurgente en defensa de sus bienes comunes, de su identidad colectiva y libertad. A comienzos del XVI los anabaptistas lucharon y murieron por la consigna Omnia sunt comuna, «Todo es común» y siglo y medio después las y los «cavadores» ingleses recuperaban y hacían colectivas y productivas tierras baldías propiedad de la nobleza e Iglesia. Marx y Engels admiraban la enorme capacidad de resistencia de las comunas campesinas de la extensa Eurasia, virtud a la que poco después Mariátegui rendiría honores por su fuerza en los pueblos de las Américas. Las lecciones prácticas obtenidas en las luchas por la propiedad pública de las fuerzas productivas penetran y enriquecen la memoria y cultura popular de las naciones trabajadoras, incluida la memoria militante y de lucha clandestina contra la opresión, como Lenin reconoce y asume en 1902. La cultura popular que hunde sus raíces en el valor de uso de la propiedad colectiva, siempre ha sido combatida a muerte por la cultura oficial de la clase dominante centrada en la propiedad privada y en el valor de cambio, en el dinero.

Sobre lo segundo hay que decir que el sindicalismo sociopolítico es decisivo para reforzar la cultura popular con sus componentes democráticos, progresistas y revolucionarios inadmisibles por la cultura burguesa y por el Estado ocupante. Un hilo rojo recorre esta cultura trabajadora: la defensa de la propiedad comunal mediante la organización de base comunista, soviética, consejista. La lección histórica es tan aplastante que en 1920 la Internacional Comunista asume que los consejos y los soviets también sirven en las sociedades campesinas, en los pueblos con apenas industria y sometidos al expolio colonialista e imperialista. No es por tanto sorprendente que Ho Chi Min asuma el valor de la cultura popular y de sus formas cuando educa al Ejército Popular en la necesidad de respetarla y aprender de ella; Mao cuando recurre al mito de El Viejo Tonto; Trotsky cuando habla de la campesina Mariette; Gramsci cuando demuestra el poder liberador de la cultura nacional-popular; Nkrumah cuando habla del pueblo militante; Argala cuando habla de pueblo con conciencia nacional de clase; Chávez cuando habla de pueblo organizado, movilizado y consciente…

El 1 de mayo sólo puede ser día de fiesta combativa con visos de triunfo futuro cuando rinde honor y gloria a los agigi de todos los tiempos, cuando reaviva en el presente el valor actual de las antiguas y permanentes luchas contra la propiedad privada para recuperar los bienes comunes, lo que es del pueblo. La mejor manera de derrotar e integrar imperceptiblemente al movimiento obrero en la legalidad de la patronal se produce cuando el sindicalismo amarillo, burocrático y reformista niega las lecciones de la historia, reniega de la necesidad de instaurar la propiedad socialista de los medios de producción y se limita a implorar a la patronal y a su Estado que no golpee tanto al pueblo trabajador.

La mundialización capitalista, el poder financiero-especulativo, la gigantesca industria político-mediática estrechamente unidad al complejo industrial-militar imperialista, estas y otras fuerzas invaden obscena o sutilmente la débil conciencia de amplios sectores populares que han olvidado los valores de la cultura trabajadora. El individualismo egoísta y acobardado cree que es libre cuando ejerce la democracia del televisor programado por EEUU y del consumismo teledirigido. Infinidad de deseos de libertad se ahogan antes de nacer en este océano gélido y espeso de mansedumbre. Otras muchas reivindicaciones que han logrado prender en la acción se enfrentan a insalvables muros de silencio y aislamiento entre el lugar de trabajo y el lugar de vida, y a la inversa, y así la burguesía se enriquece gracias a nuestra desunión. Son bastantes las luchas que caen en la desorientación estratégica y en la derrota porque no logran engarzar ni con el pueblo, ni con las organizaciones revolucionarias ni con el resto de la clase porque es muy débil su conciencia política y formación teórica. Y son hasta mayoritarios los sectores populares que apoyan activa o pasivamente a la clase que les explota y exprime la vida porque piensan como ella, incluso porque la cultura popular y sus valores colectivos.

El sindicalismo ha sido fuerte y hasta invencible el movimiento obrero y su lucha de clases cuando a la vez de pelear han creado cultura popular, conciencia-para-sí. La mera conciencia-en-sí no sirve apenas porque su límite es el economismo salarial, la escueta negociación sindical para actualizar en salario de vez en cuando y para mejorar las condiciones de trabajo, si la patronal quiere. Un sindicalismo ideológicamente interclasista y corporativista, separado premeditadamente del resto de opresiones e injusticias que se padecen en las barriadas, escuelas, servicios asistenciales y sociales, en la vida entera del pueblo trabajador. Una aportaciones vital de la cultura popular y de la conciencia de lo colectivo, de los bienes comunes y públicos, es que bajo el capitalismo la vida se malvive como un todo, y que por tanto es la vida entera la que ha de ser revolucionada por la praxis conjunta del sindicalismo, de los movimientos populares y sociales, y de las organizaciones revolucionarias.

La cultura burguesa, que es tan esencialmente política como la popular pero de signo opuesto, hace esfuerzos permanentes y desesperados para aplastar la conciencia-para-si del pueblo trabajador. El sindicalismo siempre empezó a retroceder nada más que iniciaba su alejamiento de la cultura popular, de las vivencias y sentimientos del pueblo una vez este salía de las paredes del centro de trabajo. Muchos sindicalistas siguen cometiendo el error suicida de no defender reivindicaciones sociopolíticas tendentes a la victoria del socialismo. Se niegan a crear grupos de estudio sobre la historia de la lucha de clases, sobre la teoría socialista, sobre la necesidad de acabar con la dictadura del salario, sobre la plusvalía y el capital, sobre el patriarcado como clave en la reproducción ampliada del capital, sobre la necesidad de la revolución…, y se enceguecen en estos y otros errores desastrosos a pesar de toda la incuestionable experiencia mundial.