Religión y política

Religión y política

Carlo Frabetti.- Hace unos años, en la embajada de Venezuela en Madrid, oí a un alto funcionario decir, en un arrebato de inspiración poética digno de mejor causa, que ante dos montañas como Fidel Castro y Hugo Chávez, los demás somos paisaje (sic).

Ante dos montañas de necedad como estas, no hay manera de ser conciliador sin caer en la más abyecta hipocresía, así que no lo intentaré siquiera. La primera montaña de necedad es equiparar a Chávez con Fidel, que es como equiparar a Serrat con Machado o a Stephen King con Edgar Allan Poe. Y la segunda, con ribetes de puro fascismo, es llamar “paisaje” a los verdaderos protagonistas de la Historia -y muy especialmente de los procesos revolucionarios-, que son precisamente “los demás”, los que no son líderes carismáticos, ni sesudos ideólogos, ni altos funcionarios con veleidades poéticas.

No vendría muy a cuento desempolvar una anécdota (por llamarla de alguna manera) de hace varios años, a la que en su momento no quise dar mayor importancia, de no ser porque el irracionalismo de tintes religiosos y fascistoides (valga la redundancia) sigue contaminando de forma alarmante el pensamiento de izquierdas, dentro y fuera de Latinoamérica. Cuando oigo a Maduro hablar de Chávez en términos poco menos que hagiográficos, se me eriza el vello tanto o más que cuando veía a Chávez arengar a las masas con un crucifijo en la mano (a las masas, sí, porque solo la gente masificada -alienada- es sensible a la retórica de la espada y la cruz).

El contubernio religión-política no puede sustentar un proceso revolucionario digno de ese nombre, sobre todo cuando la religión es el catolicismo. Tal vez un buen cristiano pueda ser un revolucionario -tal vez un buen cristiano solo pueda ser un revolucionario-; pero un católico ortodoxo, es decir, alguien que cree -o dice creer- en el infierno y en la infalibilidad del Papa, alguien que acepta la autoridad de la mayor organización criminal de todos los tiempos, es, en el mejor de los casos, un descerebrado. Afortunadamente, y sobre todo en la ecléctica Latinoamérica, hay muchos herejes que no saben que lo son (como ese personaje de Molière que hablaba en prosa sin saberlo); pero mientras la Iglesia siga intoxicando las mentes de los desposeídos y los líderes populistas sigan capitalizando el estupor religioso, no hay nada que hacer. El mayor enemigo de la revolución bolivariana -y de la mayoría de los procesos emancipatorios del mundo- no es Washington, sino el Vaticano.

En el caso concreto del Estado español, solo el omnímodo poder de la Iglesia -el nacionalcatolicismo impuesto a sangre y fuego por los Reyes Católicos y a sangre y fuego consolidado por Franco- explica que el PP siga siendo el partido más votado tras la criminal invasión de Iraq, los innumerables casos de corrupción, el atropello sistemático de los derechos más básicos y la degradación de las prestaciones sociales. Y los demás partidos mayoritarios son cómplices en la medida en que no denuncian con la debida contundencia -o no lo denuncian en absoluto- el contubernio Iglesia-Estado. Diríase que solo las feministas tienen claro que hay que quemar la Conferencia Episcopal y se atreven a decirlo.

La religión es el opio de los pueblos. Y aunque estemos a favor de la legalización de las drogas, o precisamente por ello, hemos de acabar con los narcotraficantes.