Europa en la encrucijada: dictadura del capital o soberanía de los pueblos

Europa en la encrucijada: dictadura del capital o soberanía de los pueblos

Iñaki Gil de San Vicente.- Lo primero que debemos hacer es aplicarnos cada cual, individual y colectivamente, la sana y dura exigencia de la autocrítica, consustancial al método dialéctico. La dialéctica marxista es, a la par de revolucionaria por esencia, y por ello mismo, también ingrata y hasta vengativa para con quienes la desprecian. Pero eso mismo la hace imprescindible. Propongo que se relea o se lea el texto Europa bulle, del 15 de febrero de 2016 escrito para la revista Resistencia, a libre disposición en internet, porque en él se desarrollan cuestiones necesarias para entender mejor la tesis que aquí se defiende y sobre todo, al final, se lanza el debate sobre la alternativa estratégica a la Europa capitalista: la Europa socialista.
La tesis que se defiende en esta ponencia sostiene que, como independentistas y por ello internacionalistas, debemos realizar una simultánea tarea política con respecto a la Unión Europea: luchar para salir del euro y de esta cárcel de pueblos ampliada y modernizada que es la Unión Europea, comparada con la medieval mazmorra española; y, a la vez, luchar para que se extienda y se popularice la consigna de los Estados Unidos Socialistas de Europa, en la que los pueblos ahora oprimidos nacionalmente dispongamos de los mismos derechos y obligaciones que el resto, en un contexto de democracia socialista.

No son dos tareas diferentes pero complementarias: es una misma praxis revolucionaria orientada a un objetivo irrenunciable, la sociedad comunista, mediante una estrategia, los Estados socialistas transitorios, y varias tácticas, una de las cuales es salir de la Unión Europea y de la argolla del euro.

El debate que ahora realizamos ha adquirido una trascendencia enorme por la propia situación europea y mundial, y por eso debe ser y va a ser un debate en aumento, un debate permanente. La larga lista de textos que contiene la ponencia tiene precisamente la función de facilitar a las y los participantes la mayor cantidad posible de información variada a partir de la cual defender las ideas que cada cual estime necesario. En los últimos años se nos ha querido imponer formas de “debate” teledirigido y troceado, sin perspectivas diferenciadas por no decir opuestas y hasta contrarias. Disponer de una visión histórica es imprescindible para cualquier debate y en especial para orientarnos correctamente entre la marabunta de acontecimientos aparentemente azarosos e inconexos.

Génesis de la Europa trabajadora

De una u otra forma, con grandes o pequeñas diferencias y ritmos, con alianzas que se pactaban y se traicionaban, las fuerzas medievales se enfrentaron al ascenso de la burguesía en Europa: una lucha entre dos formas contrarias de sociedad que correspondía a dos modos de producción basados cada uno en diferentes relaciones de propiedad privada; cada una de las cuales pensaba el Estado y las relaciones interestatales en Europa de una forma contraria a la otra. El Congreso de Westfalia, en 1648, sancionó la definitiva victoria de la burguesía tal cual entonces existía. Casi de inmediato, surgieron los conflictos y luchas interburguesas para decidir quién imponía su hegemonía interestatal para así asegurar una mayor acumulación de capital: el Congreso de Viena, en 1815, impuso orden en la Europa destrozada por las guerras napoleónicas.

En este período no se cuestionaron las relaciones de propiedad privada de las fuerzas productivas porque ya se había impuesto la propiedad capitalista, por lo que cualquier planteamiento de las relaciones interestatales e internacionales se movía dentro del cuadro mental burgués. Aún no habían surgido las condiciones necesarias para plantear otra forma radicalmente contraria a la burguesa de relaciones internacionales en lo que atañía a lo fundamental: acumulación mundial capitalista o socialista. Pero la tranquilidad burguesa duró poco porque solo treinta y tres años después, en 1848, se apuntaron en el Manifiesto del Partido Comunista las iniciales bases de relaciones internacionales e interestatales basadas en la identidad sustantiva de objetivos históricos comunes a todas las clases trabajadoras y pueblos explotados, como se aprecia al final sobre la actitud de los comunistas ante los diferentes partidos de oposición1.

Desde entonces el fantasma del comunismo se ha ido corporizando también en las relaciones internacionales al proponer y materializar otra estructura interestatal adecuada a las necesidades de la transición revolucionaria del capitalismo al comunismo. Un punto central de esta problemática aparece expuesto con absoluta nitidez en el Manifiesto:

Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y de los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento y la amargura de las regiones y naciones, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material como a la intelectual2.

Aunque la riqueza teórica marxista aumentaría con el tiempo, este lenguaje de 1848 descubría las leyes absolutas que ya regían la evolución capitalista al margen y por encima de la subjetividad de burguesías concretas. Centrándonos en Europa, la represión conjunta de la revolución de 1848 por diversos Estados indicaba fehacientemente que, a diferencia de 1815, ahora ya estaban activos los elementos básicos de dos modelos de Europa irreconciliables: el de las clases explotadas que querían dirigir la «interdependencia universal de las naciones» con criterios igualitarios y de justicia, y la de las clases explotadoras que querían hacerlo para su exclusivo enriquecimiento propio aunque ello multiplicase el empobrecimiento de la mayoría.

La fundación de la I Internacional o AIT en 1864 nos muestra el enorme avance realizado por el movimiento obrero internacional desde 1848 y, sobre todo, nos ofrece indicaciones mucho más concretas3 sobre cómo puede avanzarse en un modelo interestatal a partir de un modelo de organización internacional, salvando todas las distancias.

Otra experiencia decisiva porque confirma la tendencia hacia el desarrollo de un modelo contrario al capitalista de relaciones interestatales e internacionales, fue la Comuna de París, en1871, durante la cual se abre un fase nueva: el proletariado ha descubierto por fin su forma estatal, comunal, necesaria para el avance al comunismo, y a la vez la burguesía europea ha reaccionado mejorando los métodos represivos utilizados en 1848, porque, frente al capital, la Comuna «era un gobierno internacional, en el pleno sentido de la palabra»4. Desde esa fecha, la obsesión del capital es impedir que vuelvan a surgir otros «gobiernos internacionales» de la clase obrera y que se unan.

La Unión Europea responde a la dialéctica de las leyes de concentración y centralización de capitales operando a escala mundial y, dentro de ellas, a la necesidad ciega de la burguesía para impedir el triunfo de un «gobierno internacional» de los pueblos trabajadores que acelere la acumulación socialista como fase previa al comunismo.

La fundación de la II Internacional en 1889 es, en su inicio, un paso muy esperanzador. Uno de sus primeros frutos es el brillante estudio de Engels sobre el campesinado que entra de lleno a la necesidad de una política revolucionaria interestatal. Escrito en 1894 comienza retomando el hilo de lo expuesto en el Manifiesto en 1848 citado anteriormente: la producción mundial de trigo, en Estados Unidos, Sudáfrica y la India «ha inundado el mercado europeo de trigo barato, tan barato que no hay productor indígena capaz de competir con él»5.

A pesar de todos los cambios, ciento veinte años después vuelve a suceder lo mismo, pero ahora con el muy barato acero chino6 que rompe los precios europeos. Pero lo que nos interesa es que ya en 1894, en la II Internacional se debatía un documento sobre el campesinado europeo que superaba las fronteras burguesas y planteaba, aun con limitaciones comprensibles desde la situación actual, las tareas de un Estado obrero7 con respecto al campesinado, también desde la perspectiva europea, francesa, danesa…

Faltaba tiempo todavía para que el choque entre ambos modelos de Europa llegase a su punto crítico. La oleada revolucionaria de 1905 recordó y recuperó los antiguos debates, pero también añadió una cuestión nueva: el papel de la huelga de masas como superadora de las limitaciones del parlamentarismo. En este contexto, la militarización, la expansión colonialista y las primeras reflexiones sobre el imperialismo forzaron el largo debate en la II Internacional sobre qué hacer ante una guerra europea, cómo abortarla incluso en sus primeros días: la II Internacional aparecía oficialmente como un contrapoder europeo capaz de hacer fracasar las aventuras militaristas.

Sabemos que los hechos fueron en la dirección contraria y que, tras estallar en mil trozos, la II Internacional pasó a ser un pilar de la guerra interimperalista desde agosto de 1914 hasta octubre de 1917 y desde ahí hasta su final, un pilar de la guerra contra la joven URSS. Fue en los cortos y sangrientos meses cuando reapareció con mucha más fuerza el nuevo «Gobierno internacional» de la clase trabajadora y una de las primeras reflexiones colectivas fue la que mantuvieron los revolucionarios rusos en verano de 1915, debate que ya venía precedido por la propuesta de Trotsky de 1914 sobre los Estados Unidos Republicanos de Europa8, escrita en el verano de 1914.

Estados Unidos Soviéticos de Europa

Fue el inicio de un debate que tuvo que suspenderse por las difíciles condiciones y porque no se habían tenido en cuenta los decisivos componentes económicos del problema, sino solo los políticos. Aun así fue un debate premonitor. De entrada Lenin advierte de dos principios fundamentales: que la revolución es un proceso largo en el que se suceden derrotas y victorias, y no es un estallido fulminante; y que ha de ser permanente la explicación argumentativa y reivindicativa de la revolución socialista como única alternativa al capitalismo porque, entre otras cosas, es la única forma de atraer a ella a la pequeña burguesía y a las masas semiproletarias9. Carecemos de espacio para desarrollar estos dos principios en las condicionales actuales.

Luego Lenin sostiene que «desde el punto de vista de las condiciones económicas del imperialismo, es decir, de la exportación de capitales y del reparto del mundo por las potencias coloniales “avanzadas” y “civilizadas”, los Estados Unidos de Europa, bajo el capitalismo son imposibles o son reaccionarios […] El capital se ha hecho internacional y monopolista. El mundo está ya repartido entre un puñado de grandes potencias, es decir, de potencias que prosperan en el gran saqueo y opresión de las naciones» 10. Un siglo y un año le han dado la razón.

Pero Lenin también insistía en la permanencia de lo esencial del capitalismo, en su continuidad básica por debajo de nuevas realidades que a la vez expresan contradicciones internas nuevas, cualitativamente agudizadas con respecto a las antiguas, que no desaparecen pero quedan subsumidas en las nuevas:

El capitalismo es la propiedad privada de los medios de producción y la anarquía de la producción. Predicar una distribución «justa» de la renta sobre semejante base es proudhonismo, necedad de pequeño burgués y de filisteo. No puede haber más reparto que en proporción «a la fuerza». Y la fuerza cambia en el curso del desarrollo económico. Después de 1871, Alemania se ha fortalecido tres o cuatro veces más rápidamente que Inglaterra y Francia. El Japón, unas diez veces más rápidamente que Rusia. No hay ni puede haber otro medio que la guerra para comprobar la verdadera potencia de un Estado capitalista. La guerra no está en contradicción con los fundamentos de la propiedad privada, sino que es el desarrollo directo e inevitable de tales fundamentos. Bajo el capitalismo es imposible el crecimiento económico parejo de cada empresa y de cada Estado. Bajo el capitalismo, para restablecer de cuando en cuando el equilibrio roto, no hay otro medio posible más que las crisis en la industria y las guerras en la política11.

Pese a que muchas cosas han cambiado desde 1915, como hemos dicho, ciertas tendencias presentadas por Lenin se han manifestado en lo fundamental:

Desde luego, son posibles acuerdos temporales entre los capitalistas y entre las potencias. En este sentido son también posibles los Estados Unidos de Europa, como un acuerdo de los capitalistas europeos… ¿sobre qué? Solo sobre el modo de aplastar en común el socialismo en Europa, de defender juntos las colonias robadas contra Japón y Norteamérica, cuyos intereses están muy lesionados por el actual reparto de las colonias, y que durante los últimos cincuenta años se han fortalecido de un modo inconmensurablemente más rápido que la Europa atrasada, monárquica, que ha empezado a pudrirse de vieja. En comparación con los Estados Unidos de América, Europa, en conjunto, representa un estancamiento económico. Sobre la actual base económica, es decir, con el capitalismo, los Estados Unidos de Europa significarían la organización de la reacción para detener el desarrollo más rápido de Norteamérica. Los tiempos en que la causa de la democracia y del socialismo estaba ligada solo a Europa, han pasado para no volver12.
Lenin murió cuando se endurecía la contraofensiva militarista y fascista en 1924, antes de la crisis de 1929 y de su estremecedor endurecimiento en 1933, antes de la Segunda Guerra Mundial y del definitivo triunfo del imperialismo yanqui. Pero acertó en la continuidad del nudo gordiano: son posibles y se han realizado acuerdos temporales entre las potencias, entre los capitalistas europeos para, en primer lugar, «aplastar en común el socialismo en Europa». En agosto de 1915 no existía aún ningún socialismo triunfante en Europa, al contrario: los socialistas y aún más los comunistas eran perseguidos por doquier.

Sin embargo, Lenin acertó al advertir que esa alianza capitalista futura tendría como objetivo prioritario aplastar al socialismo, como ocurrió y ocurre, como ocurrirá, y también que defendería las colonias europeas contra las apetencias de Japón, como sucedió tras 1941 con la ayuda egoísta de Estados Unidos, generando verdaderas masacres en Asia13. Acertó al decir que Europa ya representaba un estancamiento económico con respecto a Estados Unidos y que intentaría defender sus colonias del expansionismo norteamericano, aunque esto se realizó sin guerras pero con pactos y negociaciones que fueron tensionándose hasta llegar a la situación actual sobre el TTIP14.

Obviamente, Lenin carecía de datos contrastados capaces de mostrarle que la supremacía yanqui sería también políticamente necesaria para la burguesía europea, dado que desconocía aún que iba a triunfar la revolución bolchevique en el decrépito imperio zarista a finales de 1917, generando una oleada revolucionaria que no pudo ser derrotada ni con la Segunda Guerra Mundial. Esta nueva realidad determinó que el capitalismo europeo necesitara y siga necesitando la protección político-militar yanqui para sostenerse en el mundo. Más aún, en contra de la inagotable letanía sobre el supuesto eurocentrismo de Lenin, ya avisó en verano de 1915 que: «Los tiempos en que la causa de la democracia y del socialismo estaba ligada solo a Europa han pasado para no volver», como hemos visto.

No hay que conceder todo el mérito a Lenin, otros marxistas ya habían descubierto esta mundialización de la lucha de clases y del socialismo: sus razones estaba detenidamente explicadas por Rosa Luxemburg a finales de 1912, aunque la «profecía» estrictamente política de la mundialización de la lucha socialista que «se desplaza a Oriente» aparece expuesta por Marx y Engels en la década de 1870.

Hasta donde se lo permitía la experiencia y la teoría acumulada, Lenin acertó en el núcleo de la contradicción tal cual se desarrollaba en esos años:

La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. De aquí se deduce que es posible que el socialismo triunfe primeramente en unos cuantos países capitalistas, o incluso en un solo país en forma aislada. El proletariado triunfante de este país, después de expropiar a los capitalistas y de organizar la producción socialista dentro de sus fronteras, se enfrentaría con el resto del mundo, con el mundo capitalista, atrayendo a su lado a las clases oprimidas de los demás países, levantando en ellos la insurrección contra los capitalistas, empleando, en caso necesario, incluso la fuerza de las armas contra las clases explotadoras y sus Estados. La forma política de la sociedad en que triunfe el proletariado, derrocando a la burguesía, será la república democrática, que centralizará cada vez más las fuerzas del proletariado de dicha nación o de dichas naciones en la lucha contra los Estados que aún no hayan pasado al socialismo. Es imposible suprimir las clases sin una dictadura de la clase oprimida, del proletariado. La libre unión de las naciones en el socialismo es imposible sin una lucha tenaz, más o menos prolongada, de las repúblicas socialistas contra los Estados atrasados15.

La ley absoluta del capitalismo, la ley del desarrollo desigual, completada por otros marxistas como ley del desarrollo desigual y combinado16, básica para entender la historia humana, se cumple con carácter de necesidad, aunque sus manifestaciones adquieran muchas formas diferentes según las circunstancias. Lenin no volvió a plantear el debate sobre esta consigna aunque su referencia directa a las «repúblicas socialistas» indica la orientación de su pensamiento.

El socialismo triunfó en la atrasada y a la vez muy desarrollada Rusia como Lenin ya intuyó en 1902. Entre agosto de 1915 y marzo-abril de 1917 los hechos fueron enseñando a Lenin que la ambigua consigna de «república democrática» era obsoleta, superada definitivamente por la lucha de los contrarios, mientras que se reforzaba la necesidad de la dictadura del proletariado inseparable de la democracia obrera, como base de la «república socialista». Al margen de matices sin importancia, ya no existía entonces diferencia seria17 entre él y Trotsky.

Las famosas y decisivas Tesis de abril o Cartas desde lejos de 1917 expresan las lecciones extraídas por Lenin de los profundos cambios sociales acaecidos por el advenimiento del imperialismo y plantean una cuestión crítica: se han agudizado tanto las contradicciones que la consigna de la «república democrática» se ha vuelto obsoleta, siendo urgente organizar la insurrección armada por conquistar la «república socialista», o para ser más exactos: hay que crear el Estado de los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos que, siguiendo la ruta de la Comuna de 1871 y la revolución de 1905, sea constituido por todo el pueblo en armas, que arme a todos los elementos pobre y explotados de la población, «a fin de que ellos mismos tomen directamente en sus manos los organismos del poder del Estado y formen ellos mismos las instituciones de ese poder»18.

Lenin propone que ese Estado basado en el pueblo en armas aplique en el acto estas seis medidas: declarar que no está ligado con los gobiernos burgueses; hacer públicos todos los tratados secretos de la burguesía con el imperialismo, invitar a todas las potencias a concertar sin dilación un armisticio, hacer públicas las condiciones de paz, liberación de todas las colonias y de todos los pueblos dependientes, oprimidos o que no gozan de plenos derechos, proponer a los obreros de todos los países que derroquen a sus burguesías e impongan Estados de soviets de diputados obreros, y declarar que la deuda la paguen los propios señores capitalistas, ya que los obreros y campesinos no reconocen esas deudas19.

Dejando de lado el desconcertante efecto que las Tesis causaron en la mayoría de la dirección bolchevique, una parte llegó a descalificar personalmente a Lenin, hay que decir que la consigna de los Estados Unidos de Europa fue de nuevo defendida por Trotsky20 en verano de 1923, aunque desapareció del proyecto de programa de la III Internacional o Internacional Comunista, Komintern, de 1928 escrito por Bujarin y Stalin21. Sin embargo, la respuesta de Trotsky fue aún más precisa y clara ya que en 1929 planteó la necesidad de los Estados Unidos Soviéticos de Europa22, en un contexto en el que era urgente crear una alternativa contraria al proyecto militarista y reaccionario que empezar a tomar cuerpo en la extrema derecha europea.

Salvando todas las distancias, vaivenes, abandonos y recuperaciones que ha tenido esta consigna y con ella el programa expuesto en las Tesis, lo cierto es que ambos iluminan la estrategia actual hacia la Europa socialista: declararse independiente de los Estados burgueses; publicar todos los tratados actuales empezando por el TTIP y otros chantajes; invitar a los Estados a parar el autoritarismo y la reacción neofascista al alza; publicar estas condiciones y otorgar la independencia a los pueblos oprimidos; proponer a los pueblos que derroquen a sus burguesías; y hacer que la deuda la pague el capital. Dos Europas antagónicas.

Convulsa Europa capitalista

Desde 1918 los pueblos de la URSS fueron obligados a resistir desesperadamente a la contrarrevolución imperialista. El capital no toleraba que existiera en la práctica un modelo de sociedad antagónico al suyo, como no lo había tolerado en 1905, en 1871, etc. El capital permitía toda divagación abstracta sobre inocuos planes b, q o z, pero siempre dentro de los parcos márgenes de su ley y orden. Por esto, cuando la clase obrera alemana dio el salto a la revolución, la socialdemocracia asesinó en 1919 a Rosa Luxemburg y otros miles de revolucionarias y revolucionarios. Ahora mismo, el gobierno «socialista» de Hollande intensifica la represión de las luchas obreras y populares que avanzan organizando piquetes y huelgas prorrogables23 siguiendo las lecciones de la clase hermana alemana en 1919.

Entre aquel pasado y este presente, el capitalismo ha transitado por varias crisis profundas que no podemos exponer ahora. Para nuestro tema, sí debemos decir que una de las consecuencias estructurales de larga duración de la Primera Guerra Mundial, además del surgimiento de la URSS y la oficialización de la supremacía yanqui, fue el dramático empeoramiento de la deuda internacional con la agudización de los problemas internos de las «naciones deudoras»24, generando una espiral destructiva a la que volveremos luego.

La deuda fue una de las razones, que no la única, que explica el prestigio de la URSS y del socialismo, el desarrollo del fascismo y militarismo, el estallido de la Gran Depresión de 1929 y la victoria nazi, así como la agudización de las luchas de clases y de liberación nacional antes de 1939, pero también ayuda a explicar por qué esta guerra mundial fue distinta25 a la de 1914-1918. La Europa posterior a 1945 se caracterizará entre otras cosas por sus sucesivas formas de dependencia hacia Estados Unidos, formas que variarán al son de los cambios mundiales y, consiguientemente, de las necesidades del imperialismo yanqui.

Tras 1945 se inicia una fase histórica magnificada propagandísticamente como la de los «treinta gloriosos» cuando en realidad fue una «huida hacia adelante»26 impuesta por la tópica «ceguera del burro»: creer que los problemas se resuelven por ellos mismos si los posponemos para un futuro indeterminando. Los años de expansión y la relativa «paz social» existente en Europa se basaron en los ingentes esfuerzos productivos que se tuvieron que hacer para reconstruir lo destruido, en la aplicación civil de la tecnociencia militar, en la fría consciencia del capital menos obtuso de que debía negociar mejoras sociales con el reformismo para evitar rebeliones populares que podrían derivar en el socialismo, en los transitorios efectos del keynesianismo, en los pactos de la URSS con el imperialismo al finalizar la Segunda Guerra Mundial, etc.; pero también basada en el silenciamiento del terrorismo de la OTAN –«fuente de terror»27– dentro de la Europa capitalista destinado a machacar a las fuerzas comunistas, y en el hecho que realmente los países europeos eran a la vez soberanos pero intervenidos28 por Estados Unidos.

La interpretación superficial de la fase de 1945-1975 y algunos años posteriores de simple inercia, llevó a intelectuales burgueses y reformistas a divagar sobre si, por fin, se había realizado el milagro de la «estabilidad permanente»29. Durante un tiempo esta ficción se mantuvo en la expectativa con el apoyo de la crisis interna de la URSS y en especial gracias al punto de inflexión de su desarrollo económico en 1987-1988, cuando se empezó a constatar su declive30. Sin embargo, en el plano ideológico esta ficción fue sostenida por la desintegración intelectual del reformismo en todas sus versiones y por el casi fulminante hundimiento de las izquierdas educadas en la dogmática oficial de la URSS desplomada en brevísimo tiempo. «La Europa del desencanto»31 asistió pasiva a la euforia imperialista y a los implacables ataques monetaristas y neoliberales.

Las leyes tendenciales y absolutas del modo de producción capitalista funcionan a su ritmo desigual y combinado, horadando como un viejo topo los cimientos profundos de la acumulación ampliada del capital, y con ella su reproducción. En efecto, en el interior de la estabilidad «permanente» bullían las contradicciones capitalistas que emergieron al plano de la política económica en la segunda mitad de la década de 1970 en lo que se ha denominado correctamente «la vuelta a la “normalidad” del imperialismo»32. Ahora bien, sabemos desde mediados del siglo XIX que debe transcurrir un tiempo para que las clases y naciones explotadas recuperen su conciencia y su confianza después de derrotas sociales como las sufridas bajo las políticas burguesas actuales.

Mientras que, por ejemplo, en nuestra América se inició la recuperación de las masas desde finales de la década de 1980 con el heroico Caracazo venezolado, luego confirmada por la impresionante resistencia cubana en el duro «período especial» inmediato a la implosión de la URSS, siguiendo una larga lista que no podemos referencial. Pues bien, con mayor retraso también sucedió lo mismo en Europa, acelerándose desde comienzos del siglo XXI primero como malestar de fondo con estallidos puntuales, hasta ser innegable su recuperación desde finales de la primera década de 2000, surgiendo hace poco la pregunta sobre si asistimos a una «rebelión mundial»33.

Intensificación de las crisis del capital

Debemos iniciar nuestra reflexión desde el momento en que irrumpen definitivamente los cambios socioeconómicos que se gestaban en el subsuelo, para luego, a lo largo de la ponencia, analizar las contradicciones internas. En su riguroso seguimiento de la economía europea, D. H. Aldcroft, terminaba explicando con su ideología progresista, pero no revolucionaria, la transformación profunda del sistema capitalista mundial en las últimas décadas y su impacto sobre Europa:

Lo que había acontecido hasta el momento era un cambio de oeste a este, que muestra señales de disminuir y que parece va a acelerarse en los próximos diez años ya que las economías occidentales, gravadas por la deuda, los salarios no competitivos, el alto desempleo y las caras redes de apoyo social, tienen dificultades para competir […] En 2001, la producción mundial se situó alrededor de los 32 billones de dólares, y alcanzó los 50 billones en el momento del colapso de Lehman Brothers. Para 2011 la cifra había llegado a 70 billones de dólares, pero gran parte del crecimiento provenía de fuera de las economías occidentales. De hecho, es evidente que la economía mundial tiene dos velocidades: las economías avanzadas de crecimiento lento (predominantemente Estados Unidos, Europa y Japón) y las economías en desarrollo de crecimiento rápido34.

J. Beinstein ha mostrado cómo la crisis iniciada a finales del 2007 no era un «desinfle de la burbuja inmobiliaria norteamericana» sino un salto cualitativo de un proceso global mucho más complejo y de larga duración:

En la superficie aparecían los créditos hipotecarios impagos pero por debajo se desarrollaba una inmensa maraña de deudas privadas y públicas y toda clase de operaciones especulativas que se extendían al conjunto de los países centrales y a los llamados emergentes de la periferia compensando negocios productivos bloqueados o desacelerados. En torno de ese fenómeno rondaban las crisis energética y alimentaria, los procesos de deterioro institucional de grandes potencias como los de los Estados Unidos, Italia o Inglaterra (incluidos su déficits fiscales y sus legitimaciones políticas), el empantanamiento de las guerras de Irak y Afganistán, la crisis ambiental35.

Vemos perfectamente expuesta en esta cita la interrelación sinérgica de las subcrisis concretas que minan al capitalismo y la tendencia a su síntesis en una crisis cualitativa superior que las subsume: la de declinación del capitalismo. Pues bien, un problema cada vez más agudo al que dedica especial atención J. Beinstein es el del aumento imparable de la deuda global. Refiriéndose exclusivamente a la deuda del G7, ocurre que en 1990 su deuda global suponía el 159% del PIB del G7, dividiéndose en 101% de pública y 58% de privada; en 2000 había subido al 177% del PIB del G7, con el 102% de pública y 75% de privada, disparándose en 2010 nada menos que al 383% del PIB del G7, con el 273% de pública y 110% de privada36. Y sigue en aumento.

La deuda global, mundial, que no solo del G7, se acerca en la actualidad a los 200 billones de dólares estadounidenses, un 286% del PIB mundial, intensificando el debate sobre el creciente riesgo de impago37. Para ceñirnos a la Unión Europea, los activos tóxicos de su bando más poderoso, el Deutsche Bank, ascienden a unos 75 billones de dólares unas 22 veces el PIB alemán y 4,6 veces el PIB de la Unión Europea en 201538. Pero leamos esta escalofriante constatación y a la vez advertencia:

Vuelve el miedo: en 2020 vencen 9,5 trillones de dólares en deuda pública y empresarial. En 2016 vencen cerca de 830.000 millones de dólares de deuda financiera y corporativa en Europa y casi 4 billones en 2020, un 40% de los 9,5 trillones de dólares de la deuda mundial. Vuelven a saltar en los mercados las alarmas ante el riesgo de impagos de compañías que se financiaron a precios baratos y sin las suficientes garantías bajo el paraguas de las políticas expansivas de los bancos centrales. Casi el 40% ha empeorado su capacidad de repago y los niveles están por debajo del año 200739.

Por su parte, la Reserva Federal de Estados Unidos «no descarta aplicar tipos de interés negativos si la economía no se recupera»40, teniendo en cuenta que «el crecimiento del PIB en Estados Unidos mantiene, así, su tendencia a la baja, después de incrementarse un 1,4% en el cuarto trimestre del año pasado, lejos del 2% del tercer trimestre y, sobre todo, del 3,9% del segundo trimestre. La cifra del 0,5% es también ligeramente inferior al aumento del 0,6% que se registró en el primer trimestre de 2015»41. No cansaremos al auditorio citando análisis, tesis e informes que vienen a coincidir en lo mismo: que es probable que Estados Unidos sea azotado por el vendaval de una nueva recesión42, dentro de un contexto mundial que se dirige hacia un agravamiento socioeconómico.

En cuanto al Estado español, la alarma cunde en la banca porque «las acciones de los siete del Ibex-35 caen entre un 17,67%, en el caso de BBVA, y un 3,94% Bankinter en las últimas semanas Las principales entidades españolas –Santander, BBVA, CaixaBank, Bankia, Sabadell y Popular– han reducido en un 22,7% el beneficio del primer trimestre del año, ya que de forma conjunta han ganado 3.198 millones de euros frente a los 4.138 millones de un año antes […] El sector bancario no solo ha perdido en bolsa en el año más de un 26% de media, sino que sus activos siguen sin estar valorados por el mercado o contemplan ampliaciones de capital, ya que cotizan, de media, con un precio valor en libros de 0,75 veces»43.

No debe extrañarnos, por lo tanto, que la prensa refleje las inquietudes de muchos portavoces del capitalismo sobre las perspectivas político-económicas de la Unión Europea44, y de las Bolsas internacionales reconociendo que «los analistas aconsejan máxima prudencia ante la posibilidad de un verano caliente en el parqué45. También observamos su desconcierto: «En un artículo reciente, el economista en jefe del Fondo Monetario Internacional, Maurice Obstfeld, confiesa que el panorama económico global le parece difícil de entender»46. Incluso Weisbrot, al que volveremos luego, habla de la «ceguera inexplicable»47 de los economistas y analistas oficiales para comprender qué está sucediendo. O dicho en términos marxistas:

Se están desarrollando las condiciones para el inicio de lo que podría llamarse una segunda etapa o «temporada» de la crisis económica mundial que trascurrirá sobre un sustrato aún más crítico del que prevaleció durante los siete años que siguieron a la caída de Lehman. Esta segunda etapa contiene en potencia la posibilidad del desarrollo de una nueva recesión mundial al estilo de la de 2008/2009 o aún peor48.

Fracaso de planes b, q o z

La tendencia al estancamiento del capitalismo es innegable49, aunque ello no signifique asumir una visión catastrofista, mecánica, de su obligado derrumbe e implosión debida a una «concepción reduccionista»50 de la dinámica de acumulación de capital. Sumido en una larga depresión51 sería posible imaginar que pueden quedar posibilidades de recuperación en base a nuevas tecnologías que permitan ahorrar trabajo, junto a una implacable destrucción de los derechos democráticos conquistados. Pero estas recuperaciones serán cada vez más débiles, cortas y fugaces, si es que se producen, porque en realidad el capitalismo ha entrado en un largo plazo52 de desaceleración, violencia, financiarización y superexplotación de los recursos.

A finales de 2012 un estudio del Consejo Nacional de Inteligencia53 yanqui reconocía que, de seguir así las cosas, Estados Unidos dejaría de ser la potencia hegemónica hacia 2030, teniendo que competir de igual a igual con otras potencias competidoras. La única forma que tienen los capitalismos que pierden fuelle, productividad y ganancia, es la de multiplicar la explotación de sus clases trabajadoras y de los pueblos que oprimen. La patronal española lo ha dicho claramente: el trabajo estable y seguro tiene que desaparecer. Según un diario salmón fiel representante del neoliberalismo más duro: «los empresarios quieren extender el empleo temporal y flexible»54. En gobierno «socialista» francés ha impuesto por vía decretazo55 de urgencia una drástica reforma antidemocrática que lamina muchos derechos obreros y populares, a pesar de la masiva resistencia social, y el presidente español en funciones ha prometido a Bruselas56 que aplicará los recortes que esta le exige cuando gane las próximas elecciones.

Vemos que la burguesía está decidida a imponer a martillazos pura hiel y ricino sociales para debilitar a la clase trabajadora hasta tal punto que desista de toda resistencia. Hay sin embargo quienes sostiene que existe otra alternativa, la reformista, que se caracteriza por negar la dialéctica del capital bien sosteniendo que la política no influye decisivamente en la economía, por lo que hay que esperar tranquilamente a que el capitalismo mute con pacífica parsimonia en socialismo, o por el lado opuesto, que la política rige la economía al margen de sus leyes endógenas, de modo que basta con aplicar medidas que incentiven el consumo, la inversión, etc., para salir de la crisis evitando la lucha de clases.

Nadie niega la importancia de la política socioeconómica para controlar y dirigir los problemas sociales, como plantea M. Weisbrot en su análisis sobre América Latina y la Unión Europea, pero dado que no profundiza hasta las contradicciones radicales y se limita a proponer alternativas que no cuestionan la realidad última de la explotación y por tanto de la crisis57, debido a esa superficialidad, los hechos terminan contradiciendo la propuesta reformista. Semejante incapacidad se aprecia nítidamente en lo ambiguo de su planteamiento sobre la posible, conveniente o necesaria salida de la zona euro y/o de la Unión Europea, y lo limitado de su comparación entre la desdolarización de Argentina58 y la situación de Grecia.

Otra propuesta sobre las urgentes medidas político-monetarias a tomar para evitar el posible colapso59 del capitalismo es la de W. Streeck quien, desde posiciones basadas en una mezcla de Weber, Keynes, etc., con unas gotitas de un Marx domado, cree que el «capitalismo democrático» entró en crisis angustiosa desde la década de 1970 tras sus años de gloria desde 1945, aunque reconocía en 2011 que las «clases propietarias podían asegurar la continuidad de su poder gracias a la «fortaleza inexpugnable de las finanzas internacionales»60.

El cambio de la situación de relativa seguridad del capital en 2011 y al posible colapso actual radica en el fracaso del euro, como instrumento político-económico que cimenta la Unión Europea. Defendiendo una teoría del dinero muy cercana a Ingham, Weber, Parsons, Smelser…, y que ignora la teoría del dinero de Marx, a la que no cita en su largo artículo ni siquiera para ridiculizarla, el autor sostiene que debe aplicarse una política monetaria flexible que lograra que «el futuro de la moneda común europea podría pasar a ser un subtema en el marco de un debate mundial sobre un sistema monetario y de crédito para el capitalismo y quizá incluso para un orden poscapitalista del siglo XXI»61.

Uno de los objetivos prioritarios del artículo Europa bulle era mostrar la incoherencia reformista del llamado Plan B para «democratizar» la Unión Europea desde su interior, utilizando fundamentalmente los restringidos medios institucionales y legales permitidos en la actualidad por la menguante democracia burguesa, recurriendo excepcionalmente a algunas «movilizaciones pacíficas y democráticas». Semejante idealismo reformista no solo es negado por el pasado y el presente, sino también por los recortes de los derechos de los pueblos que se van a imponer en un futuro inmediato con la excusa de la unión presupuestaria:

La «Unión Presupuestaria» intenta centralizar en Bruselas mayores recursos en detrimento de los presupuestos nacionales. Plantea, asimismo, un mayor control presupuestario de los países miembros. Si alguien estuvo tentado de reducir los déficits públicos por la vía de incrementar los ingresos públicos mediante un esquema progresivo, se verá frustrado. Se impedirá un incremento de la progresividad y cualquier presión fiscal redistributiva, que solo podrá aprobarse desde el Consejo, a tal punto que el eje central para minorar los déficits públicos se focalizará en el lado del gasto. Este control supone restar competencias a los parlamentos y gobiernos nacionales, centralizando paulatinamente en Bruselas la determinación de la política fiscal y presupuestaria62.

La tendencia a la concentración de poder en la burocracia forma parte de la ley de la concentración y centralización del capital, y es necesaria para facilitar y dirigir en lo posible la ley de la perecuación de capitales en beneficio de los Estados-cuna de las grandes corporaciones transnacionales, en este caso la Unión Europea. El reforzamiento del poder burocrático solo puede ser combatido mediante masivas movilizaciones en defensa de los derechos de los pueblos, y aunque es cierto que en algunos paneles realizados durante el debate en Madrid del Plan B se analizaron y debatieron «nuevas»63 formas de lucha y movilización, incluso de autoorganización, de las clases y colectivos explotados, sirviendo así muy positivamente como punto de arranque en la mejora de la lucha de clases; pero estas válidas reflexiones no anulaban el mensaje oficial del evento.

Tres meses después de aquellas piadosas intenciones, el gobierno francés reprime con dura contundencia las protestas de la juventud trabajadora64 siguiendo la estela abierta con anterioridad en Lyon65, segunda capital del Estado francés, cuando permitió la intervención represiva conjunta entre su policía y la derecha neofascista contra una potente manifestación obrera. Las tácticas provocadoras66 de la policía francesa buscan generar situaciones que justifiquen sus cargas violentas. Por estas y por otras razones, como el odio que el pueblo explotado siente hacia ella, sindicatos policiales han pasado a la protesta activa contra el gobierno67: uno de los síntomas más claros de crisis del poder burgués es el de la desmoralización, malestar e irritación progresiva de sus fuerzas represivas.

Dudamos mucho que el Plan B para la Unión Europea haya decidido organizar y practicar la clásica y recurrente táctica obrera de ocupación de locales, sedes, oficinas, instituciones… como forma lícita y justa de lucha, como ha ocurrido en Grecia durante el segundo día de la huelga general del 6 y 7 de abril de 2016 contra la austeridad impuesta por el gobierno de Syriza. Huelga en la que «uno de los momentos más relevantes de las protestas de hoy ha sido el llevado a cabo por una delegación de sindicalistas de la policía, guardacostas y bomberos griegos que irrumpieron en la sede del partido gobernante Syriza y ocuparon durante varias horas la entrada»68. Sin retroceder mucho, a comienzos de abril Syriza vendió dos tercios del puerto del Pireo a la empresa China Cosco, mientras que su policía reprimía las manifestaciones obreras de protesta69.

Nos hemos centrado fundamentalmente en la experiencia francesa y griega para mostrar la unidad del sistema capitalista al margen de las diferencias de desarrollo en Estados particulares. Sin duda, huelgas, actos y movilizaciones variadas que se están viviendo en Europa inquietan cada vez más a gobiernos, fuerzas represivas e instituciones de poder. Las acciones de protesta cada vez más masiva contra la impunidad de las transnacionales, los llamados «engranajes del sistema»70, contra los efectos desastrosos del TTIP71, la gran respuesta de masas contra el autoritarismo del derechista gobierno polaco72 con «manifestaciones de tristeza y cólera»73, o la huelga en seis aeropuertos alemanes para aumentar los salarios74, por citar algunos casos actuales sin duda tienen también el efecto de fortalecer los sistemas de control, vigilancia y represión preventiva o activa, sistemas que se han extendido a la sociedad capitalista en su conjunto, penetrando en los recovecos más íntimos de las personas mediante los sutiles e invisibles75 sistemas empresariales.

La preocupación y el desasosiego por la tendencia al alza de las movilizaciones populares se expresa en el aumento de amenazas y sobre todo de castigos. Dejando de lado la represión contra las militancias independentistas y limitándonos a muy pocos ejemplos, en la actualidad la fiscalía española pide una condena de más de 8 años de prisión y una multa de 6.400 euros por participar en luchas y marchas mineras en 201276. Estos castigos personalizados se amplían masivamente mediante los procesos de identificación de las personas acusadas de participar en los actos públicos y pacíficos de conmemoración del 15-M de 2011, actos multados con 600 euros77 según la Ley Mordaza78, hecha e impuesta rápidamente en previsión del aumento de la concienciación popular.

Exactamente lo mismo está sucediendo en Estados Unidos, en donde casi se da permiso absoluto al FBI para hackear79 ordenadores privados destruyendo derechos vitales. La razón del avasallamiento es idéntica a la del resto del capitalismo: la burguesía yanqui necesita cortar de raíz el ascenso de la concienciación popular. Nada menos que Stiglitz ha reconocido que «la gente tiene motivos para estar furiosa»80, mientras que poco tiempo después L. Fink justifica la ira de la llamada «clase media» ya que «ha sido totalmente aplastada»81.
Comentando la presente campaña electoral en Estados Unidos, Petras habla de la «sublevación de las masas»82 indicando sus fuerzas y sus debilidades. Recurriendo a la lectura que P. Anderson hace de W. R. Mead, podemos decir que también en Estados Unidos se está debilitando el «poder dulce»83, alienador, mientras se fortalece el «poder brusco», militar y represivo, y entra en crisis el «poder pegajoso», el socioeconómico.

La experiencia mundial de la lucha de clases enseña que la burguesía diversifica y endurece sus represiones conforme es desbordada por la clase obrera. Los ataques de la patronal de la empresa norteamericana Verizon contra las y los sindicalistas que coordinan la prolongada huelga en defensa de condiciones salariales y laborales84 son un ejemplo de lo dicho, que en Europa se muestra, por ahora, en la coordinación entre policía y extrema derecha en Lyon, como hemos visto. Esta dinámica, aún inicial, puede llegar a tener muchas similitudes con «lo peor de los años 30»85, o dicho más crudamente «¡Qué olor a los años 30!»86.

Deuda, racismo, Brexit y guerras

Las incoherencias del reformismo también aparecen claramente en el momento en el que hay que afrontar el pago de la deuda, como fue la triste y desmoralizadora claudicación de Syriza87. La deuda como instrumento de dominación y saqueo de un pueblo es tan vieja como el capitalismo, si no anterior a él. Podemos encontrar las primeras crisis político-económicas serias en el siglo XVI cuando el todopoderoso emperador Carlos V no pudo cancelar sus deudas imperiales con los banqueros alemanes y holandeses88.
D. Harvey explica que: «Un país endeudado tiene que cargar con el coste de cualquier devaluación subsiguiente de capital, mientras que el país acreedor queda protegido. Se pueden entonces saquear los recursos de los países endeudados bajo las reglas draconianas del pago de la deuda. El caso actual de Grecia es un ejemplo horrible de este proceso llevado hasta el extremo. Los bonistas están dispuestos a despedazar y alimentarse de países enteros que han sido lo bastante ingenuos como para caer en sus garras»89.

La deuda es también un arma política y militar que incide en el devenir económico. No podemos exponer ahora siquiera de forma sintética la dialéctica del capital y sus formas concretas en el presente, pero más o menos todas y todos entendemos que, por ejemplo, la reaparición del racismo y el fortalecimiento de la extrema derecha europea90 tienen mucho que ver con la manipulación de los miedos irracionales ante la llegada masiva de refugiados, migración creada por las consecuencias inhumanas de la política imperialista que luego veremos. Miedos irracionales fundamentalmente machistas, masculinos, ante el fantasma de la superioridad sexual y su «agresividad animal» de los machos migrantes «cargados de testosterona»91. Que el miedo a la superioridad sexual del «otro» es una de las bases irracionales más profundas del racismo ya fue demostrado en los estudios críticos realizados en Estados Unidos.

Siendo cierto que el racismo en auge tiene mucho que ver con el conflicto en Oriente Medio y Siria92, y que, a la vez, exige de una visión y acción política93, contundente y directa tanto contra el cinismo oficial como a favor de la integración de esas poblaciones, no lo es menos que también tiene sus causas estrictamente europeas que nos remontan a los efectos ideológicos de la inicial expansión imperialista reforzando el nacionalismo burgués, contaminando a las clases trabajadoras de modo que «la era del nuevo imperialismo fue también la época en la que el racismo alcanzó su cénit. Los europeos, en otro tiempo respetuosos con algunos pueblos no occidentales –especialmente los chinos– empezaron a confundir niveles tecnológicos con niveles culturales en general y, por último, con capacidad biológica»94.

Han cambiado muchas cosas desde el inicial imperialismo al actual, pero es muy ilustrativo ver cómo los Estados europeos más poderosos reconocían desde hace muchos años que necesitaban «tecnobraceros»95 dóciles y explotables96 y que, desde entonces y cada vez más, se guían sobre todo en la actualidad por el sistema de «dosificación planificada de la inmigración»97 desarrollado por Estados Unidos desde finales del siglo XIX. Quiere esto decir que es la ley de la acumulación capitalista la que, internamente, orienta a grandes rasgo los altibajos del racismo y de los sentimientos de inseguridad, miedo y odio a lo nuevo, al «otro»98 como amenaza desconocida, que, sin duda, florecen de nuevo en franjas sociales de Europa.

La deuda es una parte de la totalidad del proceso de explotación y acumulación. La estructura legal de la Unión Europea está diseñada no solo para el saqueo implacable de los Estados deudores, sino sobre todo para la extracción de plusvalía al conjunto de la clase obrera europea en beneficio del capital financiero, de la burguesía estadounidense y europea, por este orden, siendo el euro el punto de bóveda99. Romper esta trituradora es la única alternativa de los pueblos, aunque la tarea sea larga, difícil y problemática.

Además de la lección de Grecia, también tenemos la de Islandia100 sometida al silencio de plomo para que no aprendamos de sus errores. La Unión Europea aplica un doble rasero a la importancia del pago de la deuda: mientras que asfixia a Grecia y presiona mucho a otros Estados como la ya estrujada Portugal101, por otro lado a Ucrania le condonó casi el 20% de la deuda102 en verano de 2015, porque le interesa mantener en el poder al podrido gobierno derechista fiel a la OTAN; también al derechista gobierno español le han dado unos meses de gracia para renegociar el pago del déficit, por «recomendación» de Estados Unidos103.
La política hacia Gran Bretaña que amenaza con el Brexit104 también muestra la flexibilidad de euroalemania105 y de una parte de Estados Unidos cuando hay que asegurar el desarrollo de la Unión Europea: en el fondo se trata de acelerar mediante medidas políticas la ley tendencial de la concentración y centralización de capitales que en el nivel financiero y bursátil ha dado el salto más importante en los últimos dieciséis años anunciarse la fusión de las bolsas de Alemania y Londres106 para 2017. La posible salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, o de algunas de sus áreas, refleja el conjunto de tensiones que surgen entre las burguesías menos poderosas107 británicas añorantes de las viejas glorias, de sectores populares cansados por tantos recortes y el ascenso del racismo.

Al igual que con Grecia o con cualquier otro pueblo, lo decisivo del Brexit es que presenta al desnudo la cuestión histórica que nos remite a los debates de la izquierda revolucionaria habidos en 1917, 1915, 1905, 1894, 1871…: «Bajo el capitalismo global, ningún país puede proteger a sus ciudadanos de la contaminación, el cambio climático, las depresiones económicas y las guerras mundiales. Todo ello exige cooperación global y acción política de gobiernos socialistas, que no tenemos. Evitar las dañinas consecuencias de la próxima gran crisis mundial, que ahora está en el horizonte, voten como voten los británicos en el referéndum de junio, es mucho más importante»108. Volvemos a encontrarnos, tras este recorrido, con la cuestión de la otra Europa, la formada por «gobiernos socialistas» que aún no existen y que deben integrarse en el «gobierno internacional» de la clase obrera del que hablaba Marx.

La cooperación global de los gobiernos socialistas que asumen la interrelación universal de las naciones en base a las premonitorias medidas planteadas en las Tesis de abril de 1917, por dar una referencia, es la única alternativa viable para luchar contra la contaminación, el cambio climático, las depresiones económicas y las guerras mundiales, contra las dañinas consecuencias de la próxima gran crisis. Mientras se agudizan las contradicciones y las leyes absolutas y relativas, tendenciales, del capitalismo actúan al margen de la inconsciencia de la mayoría de la población, a la vez de esto, se debilita uno de los pilares históricos de la propiedad burguesa. Según el célebre y temible diario The Economist, portavoz oficial del imperialismo, la socialdemocracia europea va perdiendo influencia en el seno de la clase obrera mundial: se trata del debilitamiento de las «reservas políticas» del capitalismo, que han caído a los niveles de hace setenta años. 109

Tal retroceso plantea crecientes problemas de «gobernanza» al sistema que no ve por ahora llegado el momento de lanzarse a una nueva aventura neonazi y belicista, aunque se incrementan las dinámicas en esa dirección, encontrándonos en una de sus fases previas: una nueva guerra fría. 110 Desde algunas indicaciones teóricas de Marx y Engels sobre el papel de lo militar en la historia, sobre todo desde Rosa Luxemburg y en menor medida Lenin y otros marxistas, sabemos el crucial papel del militarismo en la dictadura del capital, y no solo como fuerza de represión a secas, sino también de «destrucción creativa», sin entrar ahora a análisis de este concepto de Sombart, como negocio político-económico que mueve, como mínimo, el 2,4% del PIB mundial 111 y que «no entiende de austeridad» 112 alguna porque sigue creciendo de forma imparable. La remilitarización, que se expresa también en su gigantesco poder propagandístico 113, es una necesidad estructural del capitalismo contemporáneo que está siendo investigada y debatida con sofisticado rigor114.

El militarismo es inseparable de la imposición de la lex mercatoria115 por la que los Estados medianos y pequeños perderán definitivamente sus escasas soberanías socioeconómicas y políticas en beneficio de las grandes corporaciones y sus Estados-cuna imperialistas. Ahora mismo, las burguesías europeas más duras quieren imponer una lex mercatoria interna116 idéntica a la que negocian en secreto con Estados Unidos. El impacto global de la «filosofía» inserta en los TTIP, TLC, etc., o sea en la recuperación burguesa de la impunidad mercantil de la lex mercatoria sobre la vida en su sentido absoluto, ha sido descrito brillantemente por Silvia Federici117. Se trata de un nuevo modelo totalitario de capitalismo ultramilitarizado y patriarcal.

Alemania ya está aceptando las presiones norteamericanas y de los sectores duros de su burguesía para rearmarse. Primero se intensificó la campaña de lloros y lamentos de la prensa derechista sobre las carencias inquietantes del ejército alemán118, en el contexto de debilidad ante las supuestas amenazas rusas, del terrorismo yihadista, etc., y al poco tiempo se reconoce que Alemania no solo incrementará su ejército, por primera vez desde 1945, sino que enviará tropas a la frontera con Rusia119. También conviene saber que existen lazos irrompibles entre el orden interno, el rearme, la expansión al Este y al Sur de la OTAN120 y el TTIP.

Cuando se dice que desciende el gasto militar defensivo y aumenta el gasto en seguridad121, ocurre que primero se ignora u oculta que los presupuestos generales de los Estados diversifican los verdaderos gastos militares globales entre infinidad de apartados, secciones, capítulos, etc., que aparentemente no tienen nada que ver con el gasto militar estricto y definido oficialmente. Muchas inversiones están disimuladas en I+D+I, en educación superior, en seguridad civil, en prensa y cultura, etc., de modo que la cifra oficial siempre es inferior a la real. Y segundo, no se dice que en las doctrinas actuales de contrainsurgencia, en las sistemas represivos vigentes existe una unidad operativa entre seguridad policial y seguridad militar: se militariza la policía y se policializa el ejército.

La llamada «izquierda europea»122 lleva mucho tiempo atrapada mentalmente por el cepo de los «derechos humanos» burgueses123, incapaz de criticar en la práctica la terrible efectividad del imperialismo humanitario ya denunciada hace ocho años por J. Bricmont con su demoledora crítica a los «ni-ni»124. En realidad, lo que está ocurriendo es la puesta en marcha de la estrategia imperialista para lograr cuanto antes el dominio del «pivote del mundo» es decir, de los recursos inmensos de la gigantesca Eurasia, empezando por Rusia.

Lo esencial de esta estrategia ya fue anunciada en 2007: «El General Wesley Clark lo explicó con toda claridad en 2007: Vamos a invadir siete países en cinco años. Empezaremos por Irak y después seguiremos con Siria, Líbano, Libia, Sudán, Somalia y terminaremos con Irán»125. Proyecto de largo plazo del que forma parte la extensión de la OTAN hacia el Este y Sureste europeo126, y la crueldad del «oscuro legado» de Obama que «durante su régimen ordenó bombardear siete países: Afganistán, Irak, Paquistán, Somalia, Yemen, Libia y Siria, superando la hazaña de Bush»127. Premio Nobel de la Paz felicitado por una parte de la izquierda abertzale128 cuando fue elegido presidente de Estados Unidos en 2008 aun cuando ya se conocía desde 2007 la brutal estrategia militar descrita.

La Unión Europea es militarista por su misma naturaleza e identidad de clase. Cualquier idealismo reformista choca inevitablemente con ese militarismo en general y en concreto con el endurecimiento represivo tal como el que se está imponiendo ahora mismo en el Estado francés129. Antes de que empezasen los primeros vientos del huracán de la crisis entre finales de 2006 y 2007, G. Kolko publicó su estudio sobre las relaciones entre las guerras y el capitalismo desde 1914. Al final del texto escribe:

Para el capitalismo, la guerra no es más que la continuación del mercado por otros medios. En esta medida, las guerras pueden provocar un aumento de la producción de armamento, pero el aumento de la producción de armamento también puede provocar la guerra […] La objeción de que el capitalismo no necesita la guerra para poder existir podrá ser pertinente en el ámbito de lo ideal, pero desde luego no en el de lo empírico. Las injusticias económicas y sociales no se borrarán de la faz de la tierra por arte de magia, pero tampoco lo hará la oposición radical a la miseria y a la necesidad. De aquí que la resurrección del socialismo siga siendo un proyecto digno desde el punto de vista moral. 130

Resumen

Carece de sentido la creencia de que la Unión Europea es reformable desde dentro. No lo es ni desde fuera ni desde dentro porque ya antes de existir oficialmente como Unión Europea, su finalidad última fue concretándose en sucesivas fases reforzando siempre un mismo objetivo inicial. Brevemente expuestas, estas son las fases: desde 1945-1948 garantizar a Estados Unidos una cabeza de playa de cara a su estrategia de aplastar militar y económicamente a la URSS, derrotando a la vez a las fuerzas comunistas y abriendo mercados para el capital yanqui excedentario. Desde finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, multiplicar la presión contra la URSS y luego contra Rusia con la fase reaganiana de la guerra fría, derrotar el movimiento de protesta iniciado a finales de los años sesenta mediante la represión y el neoliberalismo, e imponer la desregulación financiera en la Europa capitalista. Y desde 2007 estrechar las dependencias de la Unión Europea hacia la estrategia yanqui en todos los sentidos.

Durante estas fases el reformismo siempre ha gemido sobre el mismo fracaso agravado a diario, como hemos visto: está debilitándose el «ideal democrático», el «humanismo» fundacional de la Unión Europea, porque no hacemos la suficiente fuerza legal e institucional, parlamentarista y electoral, como para desplazar al autoritarismo de la derecha instaurando la democracia de la ciudadanía europea. El reformismo cree que cuando sea mayoría en el Parlamento de Bruselas reconducirá la política hacia los «valores que Europa representa» en el mundo. Ilusión vana que pudo mantener en ficción mediática mientras el austericidio no se hizo aún patente.

De cualquier modo, nosotras y nosotros no podemos caer en el ilusionismo contrario: creer que la devastación social produce conciencia rebelde automáticamente. Desde la segunda mitad del siglo XIX y conforme aumentaba la productividad del trabajo mundial, la opresión nacional y el saqueo colonialista e imperialista, Marx y Engels advirtieron con creciente insistencia del aburguesamiento progresivo las clases trabajadoras en los países más desarrollados. Advirtieron que por esas y otras razones –el fetichismo de la mercancía y la alienación– la revolución se desplazaba a lo que ahora se llama «semiperiferia» y «periferia». Lenin era consciente de esa dinámica. La III Internacional advirtió empero que la revolución era mucho más difícil de iniciarse en el centro imperialista que en los países empobrecidos, aunque luego sería más fácil avanzar al socialismo en los primeros y más difícil en los segundos…

Queremos decir que no debemos olvidar las lecciones de la historia porque nos explican las razones de las grandes capacidades de la burguesía para alienar al proletariado, tenerlo sumiso, ensimismado, flotando en el consumismo de mala calidad, resignado al dicho cobarde de que más vale malo conocido que bueno por conocer, o peor aún, entregado fervorosamente al revanchismo neofascista.

Frente a tamaña cárcel mental y física, solo queda la visión histórica de la lucha tenaz por objetivos precisos, claros y comprensibles mediante la organizada pedagogía práctica del ejemplo, del logro de conquistas parciales que prefiguren esos objetivos, que no se detengan en ellos como si se hubiera terminando el camino, renunciando al avance inmediato hacia victorias definitivas: esta es una de las insalvables diferencias entre la reforma y la revolución.

Hoy la consigna es redoblar la lucha contra la Unión Europea, romper con ella y con la dictadura del euro, mientras multiplicamos la pedagogía práctica y teórica por los Estados Unidos Soviéticos de Europa, que hoy es más necesaria que nunca antes.

 

PUBLICACIONES CONSULTADAS

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