Tenemos que poder

Tenemos que poder

Iñaki Errazkin.- En todo 2016 no he publicado un solo artículo sobre PODEMOS más allá de algún texto teórico para consumo interno de la parroquia. Sin embargo, no quiero que termine el año sin exponer algunas cuestiones que pueden tener interés para aquellas personas que, como yo, por unas u otras razones, hemos optado por apoyar a la única formación política de ámbito estatal que, hoy por hoy, puede llevarnos a cambiar de raíz el statu quo.

He dicho muchas veces en público y en privado que PODEMOS no es la panacea universal, pero es la única opción con posibilidades de conseguir algo efectivo más allá de las tan confortables como estériles terapias de grupo. Es, además, la única posibilidad de regeneración a medio plazo que tiene este Estado intrínsecamente corrupto, esencialmente injusto e íntimamente perverso, que está pidiendo a voces que lo subviertan porque hacerlo es ya una cuestión perentoria de higiene.

En vísperas de la asamblea ciudadana de Vistalegre manifesté que PODEMOS era entonces un proyecto a medio realizar, un pacto entre gentes variopintas, una alianza táctica de personas que, habiendo visto fracasar todo, necesitaban confiar en algo nuevo, fresco y honesto que las (nos) ayudase, al menos, a asomar la cabeza y tomar aire. Me faltó, sin embargo, hablar del contexto.

Desde que consiguiera cinco diputados en los últimos comicios europeos, fueron legión las personas que se arrimaron a PODEMOS al calor de la lumbre, animadas por un gran éxito electoral que auguraba otros muy próximos y aún mayores. Era, pues, el caldo ideal para cultivar una biodiversidad humana y política sumamente abigarrada, y así sucedió que se inscribieron en PODEMOS muchos tirios y bastantes troyanos: lo mejor y lo peor de esa parte de la sociedad que se decía de izquierdas y que llevaba tatuada la marca de Caín, más una ingente cantidad de personas políticamente vírgenes, las cuales, hasta entonces, habían habitado instaladas en la orfandad ideológica o en el más absoluto escepticismo.

En un tiempo récord, el reino borbónico se cubrió de círculos territoriales y sectoriales, nacidos casi todos en derredor de pequeños núcleos dinamizadores, que a veces se reducían a una sola persona o, en el mejor de los casos, a un grupo de amigos. Y también en un tiempo récord hubo que presentar candidaturas, elaboradas de aquella manera. Así, se construyeron a toda prisa incógnitos líderes y lideresas a los que la incipiente militancia votó desde el lógico desconocimiento dada la extraordinaria coyuntura y, como no podía ser de otra forma, se acertó y se erró: algunos resultaron ser muy competentes y otros escandalosamente mediocres; la gran mayoría honestos, y unos pocos movidos por intereses espurios.

Aquellos polvos trajeron estos lodos. Tres años después de su fundación, PODEMOS es ya un partido político con todas sus consecuencias, pero aún hilvanado, no cosido, y sigue siendo una organización muy abigarrada en la que hay de todo, como en botica. Y donde hay de todo, no pueden faltar las contradicciones y las discrepancias, algunas muy profundas. Sin embargo, entramos en 2017 y las cosas han cambiado en todos los ámbitos territoriales. La situación interna no es la misma. Ahora las cartas están descubiertas sobre el tapete, todos nos conocemos y vamos a tener que superar las disonancias cognitivas haciendo de la necesidad virtud. No hay otra posibilidad si no queremos traicionar la esperanza de millones de personas que desean (deseamos) ardientemente el triunfo de una revolución social que transforme definitivamente este mundo sombrío, inhóspito e injusto en otro más amable, divertido y solidario.

El poder popular no va a llegar deus ex máchina. En este punto y hora, el anhelado cambio solo puede proceder de un PODEMOS bien avenido, con las ideas claras y una dirección sin fisuras que provoque confianza en la militancia y, sobre todo, en la sociedad civil a la que nos debemos. Basta ya de erigirnos en cabezas de inocuos ratoncillos que el rey león barre, sin mayor esfuerzo, con un ligero movimiento de su cola. Si nos ha faltado honestidad para autocriticarnos, inteligencia para reconocer que no hay verdades absolutas, y generosidad para renunciar a nuestras vanidades, este es el momento de enmendar tamaños errores. No hagamos de Vistalegre II un Vistatriste I.

En Twitter: @Errazkin